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(Ilustración de Segundo Deabordo)

Cuando le llamé para concertar la entrevista y le propuse una fecha, dudó unos instantes antes de responder.
—Espere un momento, que consulto el calendario —me dijo—. A ver… no, esa semana no.
—¿Tiene previsto algún viaje? —le pregunté.
—No, qué va. Es que esa semana hay luna llena y como aparezca usted por aquí, le van a tener que recoger con una pala. Venga mejor la semana siguiente.
—Se agradece el detalle. ¿Le parece bien el lunes?
—Lunes… día de la Luna… está usted jugando con fuego.
—Martes, martes. Mejor el martes —respondí nervioso.
—Era broma, hombre. Venga el día que quiera, yo por las tardes estoy en casa.

En esa misma llamada me explicó que siempre había vivido en grandes capitales por aquello de esconderse entre la multitud: Londres, Nueva York, París, Roma… Para mi fortuna (y la de mi bolsillo), actualmente residía en Madrid, a pocas paradas de metro de mi domicilio.

El día y la hora acordada, me presenté en su apartamento y llamé a la puerta. Me recibió un hombre de mediana edad, algo entrado en carnes y completamente desnudo. Tenía barba de varias semanas y gran parte del cuerpo cubierto de vello. En ese momento caí en la cuenta de que no sabía cómo se llamaba.
—Buenas tardes. ¿El señor… Lobo?
—¡Jajajajaja! —rió divertido—. Como el de la película de Tarantino. Nunca me habían llamado así, tiene gracia.
—Discúlpeme, es que no conozco su verdadero nombre.
—No se preocupe. Es mejor así, prefiero seguir manteniendo el anonimato. Pase, por favor.

Accedí al interior de su vivienda, un espectacular ático en una de las mejores zonas de la ciudad.

—¿Le importa que siga desnudo? Es que en casa tengo por costumbre estar así; cosas de la licantropía… Pero si le molesta me puedo poner una batita.
—Por mí no hay problema —contesté—.
—Lleva la colonia de Antonio Banderas, ¿verdad? —preguntó arrugando levemente la nariz.
—Sí señor. Veo que sigue haciendo gala de un formidable sentido del olfato.
—Bueno, tiene sus pros y sus contras. No todo el mundo es igual de cuidadoso con su higiene, ya me entiende. No le ofrezco nada para tomar porque creo acaba de merendar. Café y una tostada. ¿Me equivoco?
—¿Eso también lo ha detectado por su olfato?
—No. Eso no. Tiene la barba llena de migas y un lamparón reciente de café en la camisa. Tome asiento, por favor.
—Oh, vaya —dije sacudiéndome la barba—. Dígame, además de ese desarrollado olfato, ¿qué otras cualidades del lobo posee cuando está en forma humana?
—Aparte del abundante pelo y una capacidad auditiva que hace que pueda escuchar hasta el pedo de un tábano, poca cosa. Bueno, sí. Tengo una fuerza y agilidad fuera de lo común, y como miembro de la familia de los cánidos que soy, puedo lamer mis propios testículos. Vea.

Acto seguido se tumbó panza arriba sobre una alfombra y me hizo una demostración de sus habilidades.
—Ya veo, ya. Sí que se le ve ágil. Y flexible. Para la cantidad de siglos que tiene encima, se encuentra en buena forma.
—La verdad es que sí —admitió sentándose de nuevo—. De todos los monstruos que conozco, mi caso es uno de los más agradecidos. Solo me convierto en lobo durante las noches de luna llena, que como usted sabe ocurre durante unos pocos días al mes. Hace unas semanas cené con Drácula y Frankenstein y encontré a ambos muy achacosos. Ser monstruo a tiempo completo debe resultar agotador.
—Me imagino. ¿A qué se dedica cuando no es lobo?
—Pues he trabajado en muchas cosas, todas relacionadas con mis capacidades olfativas. Testador de colonias, detector de fugas de gas, buscador de trufas… y actualmente soy sumiller de vinos. En mi tiempo libre me gusta estar en casa. Una vida bastante tranquila, ya ve.
—Tal y como lo cuenta, le dan ganas a uno de hacerse hombre lobo.
—No me puedo quejar. El único inconveniente, por poner alguna pega, es que somos muy vulnerables a la plata, como ya sabrá. Hace unos años me hicieron un empaste con ese material y me puse hecho una fiera. Menudo destrozo le hice al dentista en la consulta… Desde entonces me los hago siempre de composite. Bueno, y luego está lo de la ducha.
—¿La ducha?
—Sí. Cada vez que me aseo dejo la ducha llena de pelos. Pero como siempre he vivido solo, nunca ha supuesto un gran problema. Hace un tiempo estuve tentado de hacerme el láser, pero lo dejé pasar. Y fíjese, ahora el vello vuelve a estar de moda.
—Es cierto. Dígame, cuando hay luna llena, ¿qué es exactamente lo que hace?
—Esa es una buena pregunta. Lo bueno de mi caso, o lo malo, según se mire, es que mientras estoy convertido en lobo pierdo totalmente la conciencia humana. Cuando posteriormente la recupero al volver a ser persona, no recuerdo nada de lo que he hecho durante esas horas.
—¿Eso quiere decir que se entera de sus fechorías solo por lo que cuentan sobre usted a posteriori?
—Exacto. Así ha sido durante siglos… hasta que me instalé en Madrid —murmuró dejando la mirada perdida.
—Cuénteme.
—Pues verá. Anteriormente, cuando recobraba mi aspecto humano después de una transformación, solía despertar manchado de sangre y rodeado de restos humanos. Lo normal para alguien que se dedica a descuartizar personas con sus propias garras y comérselas. Pero a los pocos meses de mudarme aquí, una mañana después de luna llena amanecí con un preservativo puesto —hizo una pausa como para intentar recordar la escena—. Como comprenderá, aquello me dejó bastante preocupado. Esa misma semana me compré una minúscula cámara de vídeo, como la que usan los espías, y me la coloqué en un colgante el día que comenzaba la siguiente fase de plenilunio.
—Y entonces descubrió qué es lo que hacía durante esas noches —me adelanté.
—Efectivamente. Al día siguiente conecté la tarjeta de memoria de la cámara al ordenador y reproduje el contenido. —Hizo otra larga pausa que preferí no interrumpir—. La imagen era algo difusa, pero no dejaba lugar a dudas. ¿Sabe usted lo que es un cuarto oscuro?
—¿Los que se usan para revelar fotografías?
—Veo que no conoce el asunto. Le ilustraré. Un cuarto oscuro es una sala, habitualmente dentro de un local de copas, en la que, con una iluminación muy baja o nula, los clientes mantienen encuentros sexuales de forma anónima con personas desconocidas.
—¿Y en el vídeo aparecía usted comiéndose a alguna de esas personas?
—Bueno, puede llamarlo así si quiere —confesó con una media sonrisa—. Digamos que allí nadie se quedaba con hambre.
—Creo que ya lo estoy entendiendo. Ha cambiado sus hábitos depredadores por otros más lúdicos y menos sangrientos.
—Eso me temo. Yo sabía que las noches de Madrid tienen fama de ser muy alegres y liberales, pero no podía imaginar que me ocurriría algo semejante. ¿Quiere saber el mote que me han puesto?
—Creo que me lo va decir de todas formas…
—“Lobito travieso”. Tiene gracia la cosa. Lo escuché en una de las grabaciones.
—Supongo que al ser un local tan oscuro, algunos de sus rasgos lobeznos no se aprecian con claridad y otros, como la cantidad de vello, pasan desapercibidos —deduje—. Y, dígame, ¿se ha planteado usted mudarse a otra ciudad más… tranquila?
—Pues al principio lo pensé, por aquello de la reputación. Fíjese qué panorama si se descubre que el temible Hombre Lobo que lleva siglos atemorizando y descuartizando al personal, ahora se dedica a retozar en cuartos oscuros. Pero luego me dije “qué carajo, vamos a divertirnos un poco”. Así que de momento pienso estar una temporadita más por aquí.
—Le felicito, señor Lobo. Supongo que no debe ser fácil dar ese paso formando parte de un colectivo tan tradicional como el suyo.
—¿Se refiere al colectivo de monstruos legendarios? Uy, podría contarle más de un cotilleo que le dejaría de piedra. Pero no es cuestión de ir revelando las intimidades de mis colegas. Que cada uno cuente lo que quiera.
—Bueno, pues yo creo que tengo material más que suficiente para redactar la entrevista. Ha sido usted muy amable.
—¿Ya se marcha? ¿No quiere tomar una copa? No tenga miedo, fuera de luna llena soy manso como un corderito…
—Se lo agradezco, pero mañana salgo de viaje para realizar otra entrevista y aún debo hacer la maleta —me excusé.
—Bueno, pues nada. Otra vez será. Ya conoce el camino, disculpe que no le acompañe a la puerta.

Recogí mis cosas y abandoné la estancia en dirección a la salida. Un sonido que ya había escuchado unos minutos atrás me hizo darme la vuelta antes de cruzar la puerta. Desnudo y tumbado panza arriba sobre la alfombra, aquel mítico licántropo, el sanguinario y feroz Hombre Lobo, se enfrascaba en la tarea “lametoria” que le permitía su pertenencia al género canino.

“Lobito travieso”… Eso sí que era una doble vida. O triple.

FIN.

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