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(Ilustración de Segundo Deabordo)

Texto: El Capitán Carallo // Narración y edición: Daniel Rovalher // Música original (batería): Pedro Barceló.

Pincha en el ‘play’ para escucharla.

 

“Siempre se ha dicho, en contraposición al sufrimiento habitual de las princesas, que los príncipes de los cuentos tienen un papel muy agradecido, casi facilón. Aparecen al final de la historia para liberar a la princesa de su maldición, de su encierro o de lo que le toque, para después casarse con ella y ser felices el resto de sus días.

Pero en esta historia de La Bella Durmiente, si la analizamos desde la perspectiva del príncipe, veremos que su papel no tiene nada de agradecido ni de facilón, sino más bien al contrario. Es un acto de coraje y pundonor como pocos se han visto. Póngamonos en su pellejo.

Para empezar, hagámonos a la idea de lo que tienes que hacer para llegar a ser príncipe. Lo primero, tienes que ser hijo de reyes. Eso para empezar. A continuación, estudia varios idiomas, aprende a navegar en yate y a posar en fotos de familia. Aprende a desfilar en carroza o descapotable saludando con la manita. Aprende también a recitar un discurso mirando a diferentes cámaras para cuando seas rey. Aprende a esquiar, a montar a caballo, a llevar una bandera en las Olimpiadas, a presidir interminables ceremonias… y así un largo etcétera.

Ahora imaginémonos que, habiendo superado satisfactoriamente esta preparación y por tanto siendo ya príncipe titulado, un día te cuentan que existe una bellísima princesa que lleva cien años dormida debido a una maldición lanzada por una bruja maléfica. Entras en Wikipedia y te enteras de que la joven se encuentra en lo alto de una torre de un viejo castillo que ha sido cubierto totalmente por la vegetación con el paso del tiempo. Con ayuda de Google Maps, localizas el castillo y descubres que está a tres días de viaje desde tus aposentos. Te vienes arriba y dices: “qué demonios, vamos a por esa princesa”.

Después de tres días de conducir y dormir en moteles de mala muerte, llegas al castillo. Sacas una desbrozadora del maletero y comienzas a abrirte paso entre la maleza para acceder al interior. Tras cuatro horas de duro trabajo, sudoroso y lleno de rasguños consigues llegar hasta la torre donde está la habitación de la dama durmiente. Subes los doscientos sesenta y ocho escalones de la torre y los culminas resoplando y doblado por el flato. Todo sea por encontrar a esa bellísima princesa que espera un beso que la despierte de su letargo.

Y por fin, cuando abres la puerta de la alcoba para recibir la recompensa a tamaño esfuerzo… lo que recibes es la bofetada de un olor a tigre como no has conocido en tu vida.

Porque se pueden ustedes imaginar cómo tiene que oler la habitación de una adolescente, por muy princesa y bella que sea, después de llevar cien años sin ventilarse. Una mezcla de olor a flatulencias, sudor, calcetines usados y ropa sucia que te tiene que poner el estómago en la boca aunque seas príncipe. Porque para eso no nos han preparado a ninguno.

Pues sí, amigos. Llegados a este punto, el príncipe de nuestro cuento hizo de tripas corazón, se tapó la nariz con un pañuelo y acercándose hasta la cama donde dormía la muchacha, la besó con delicadeza en los labios, rompiendo de esta forma la maldición que pesaba sobre ella.

Que se acabaran casando es lo menos importante de esta historia. Lo relevante, lo que debe constar, es que no es tan fácil eso de ser príncipe como algunos pretenden hacernos creer.

Porque la mayoría de nosotros ni siquiera hubiéramos sacado la desbrozadora del maletero y habríamos preferido pasarnos un siglo entero durmiendo a pierna suelta”.

FIN.

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