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Texto e ilustración: El Capitán Carallo.

LA IDEA…

Son las doce de la mañana de un miércoles cualquiera. Dos ancianos están sentados en la plaza del Ayuntamiento de un pequeño pueblo de la provincia de Albacete, España.

—¿Sabes en qué estoy pensando, Antonio?… Antonio… ¡Antonio!
—¿Eh? ¡Ah! —exclama Antonio dando un respingo—. Me había quedado traspuesto. ¿Qué pasa?
—Te preguntaba si sabes en qué estoy pensando.
—Coño, Mariano, ¿cómo quieres que lo sepa?
—Es una forma de hablar, hombre. Me refiero a que estoy dándole vueltas a una idea.
—Tú dirás.
—Estoy pensando que podríamos hacer algo para distraernos.
—¿Una partida de petanca? —sugiere Antonio—. ¿O de dominó?
—No, hombre. Me refiero a hacer algo arriesgado. Algo fuera de la ley.
—¿Como cuando fingí el infarto en la farmacia y tú aprovechaste para robar viagra?
—Más grande todavía. Estoy pensando en atracar un banco.
—No jodas, Mariano. ¿Pero tú nos has visto? Tenemos más de ochenta años.
—No es cuestión de años, Antonio, sino de echarle huevos.
—Por huevos no va a ser, desde luego. No sé a ti, pero a mí cada año me cuelgan más. Los tengo como dos calcetines llenos de monedas.
—Déjate de calcetines y céntrate en lo que te digo.
—Pero a ver, Mariano, ¿qué banco quieres atracar?
—¿Cuál va a ser? El único que hay en el pueblo.
—Claro, como no nos conocen… —dice Antonio con ironía.
—Coño, nos ponemos unos pasamontañas, como hacen en las películas.
—¿Y las armas qué?
—Tengo la escopeta de caza en el garaje.
—¿Esa que llevas veinte años por lo menos sin utilizar? Poco vas tú a disparar con eso…
—Es que no se trata de disparar a nadie, sino de intimidarlos.
—¿Y si nos cogen?
—A nuestra edad nadie va a la cárcel —asegura Mariano—. Decimos que estamos perdiendo la cabeza y asunto resuelto.
—¿Y lo vamos a hacer los dos solos?
—Es que no lo haríamos solos. Estaba pensando en decírselo a Francisco y a Celedonio.
—Un cojo y un sordo —ríe Antonio—. ¡Buena cuadrilla vamos a hacer!
—Su cometido será muy sencillo. Además, nos viene bien tener un cojo en el equipo. Si las cosas vienen mal dadas, será el primero al que trinquen.
—Pues mira, hablando del rey de Roma… por ahí viene Francisco.

LOS CÓMPLICES…

—¡Francisco! —grita Mariano—. ¡Ven un momento, hombre, que te cuente una cosa!
—¿Qué pasa? —pregunta este acercándose a la pareja de abuelos.
—¿Te quieres ganar un buen dinero?
—¿De cuánto estamos hablando?
—De más de lo que te vas a poder gastar en lo que te queda de vida.
—La semana que viene cumplo ochenta y cinco, así que no debe ser tanto —replica Francisco con sorna—. Pero dime qué habría que hacer.
—Atracar un banco.
—¡Venga, coño! Vete a tomar el pelo a otro.
—Te lo digo en serio, yo no bromeo con estas cosas. Antonio y yo lo tenemos claro.
—¡Bueno, bueno, que yo no te he dicho que lo tenga claro! —protesta Antonio.
—No te acojones ahora, hombre —le reconviene Mariano—. Os necesito a los dos. ¿Qué dices, Francisco?
—Que si vais en serio, me apunto. Estoy hasta el gorro de hacer todos los días lo mismo. Como dice el refrán: “Para lo que me queda en el convento, me cago dentro”.
—¡Esa es la actitud! —celebra Mariano—. Ahora solo falta un cuarto hombre. ¿Tú crees que podrás convencer a Celedonio?
—Cuenta con ello. Ese hace lo que yo le diga. ¿Cuándo sería el golpe?
—El próximo lunes. Nada más abrir el banco y antes de que empiecen a llegar los clientes. Hoy es miércoles y el jueves y viernes son festivos. Eso hará que el lunes tengan la caja bien llena para abastecer a todos los que vayan a sacar dinero después de haber estado cerrado cuatro días. Además es primero de mes.
—¿Y cómo lo haremos? —pregunta Francisco.

EL PLAN…

—Está todo pensado —asevera Mariano—. El plan es el siguiente. Celedonio y tú estaréis apostados cada uno en una esquina de la sucursal desde las ocho menos diez. Antonio y yo, ataviados con sendos pasamontañas, esperaremos escondidos a que abran la puerta y en cuanto nos hagáis una señal para saber que el camino está despejado, entraremos en el banco escopeta en mano. Lo demás es pan comido. “Manos arriba, dame todo el dinero y si te he visto no me acuerdo”.
—Digo yo una cosa, Mariano—interrumpe Antonio.
—Dime.
—Pues que por mucho pasamontañas que llevemos, en cuanto nos vean entrar con la chaqueta de punto, la boina y la garrota, nos van a reconocer enseguida. Que esto es un pueblo pequeño…
—¡Coño, ese día la boina y la garrota las dejas en casa! Para la ropa tengo una idea: el sábado nos compraremos unos chandals en el mercadillo. Entre el pasamontañas y el chándal, nos tomarán por unos chavales.
—¿Y la voz qué? Nos pueden reconocer cuando hablemos —insiste Antonio.
—También lo tengo previsto. Solo hablaré yo y lo haré poniendo acento del Este.
—¿Tú sabes valenciano?
—¡Pero qué valenciano ni qué cojones, Antonio! Me refiero a Europa del Este. Para que se crean que somos una banda de albano-kosovares. ¿Alguna duda más? ¿Está todo claro?
—Clarinete —afirma Francisco.
—Entonces no hay más que hablar —sentencia Mariano—. El lunes a las siete y media de la mañana nos volvemos a reunir en este mismo punto para poner el operativo en marcha. Ahora, sincronicemos los relojes.
—¿Eso qué es?—pregunta Antonio.
—Pues que los relojes de todos nosotros marquen la misma hora —le aclara Francisco.
—A mí me gusta llevarlo diez minutos adelantado para no llegar tarde a los sitios.
—¡Joder, Antonio! ¡La guerra que vas a dar! —gruñe Mariano—. Haz lo que quieras pero el lunes te quiero como un clavo a las siete y media. Y no te olvides de comprarte el chándal. El pasamontañas te lo presto yo. Francisco, acuérdate de decírselo a Celedonio.
—No te preocupes. Una pregunta… ¿cómo nos repartiremos el botín?
—Tres cuartas partes para Antonio y para mí, que seremos los que se jueguen el tipo. El otro cuarto para Celedonio y para ti por la labor de vigilancia.
—Fenomenalmente.

LOS PREPARATIVOS…

Es lunes, el día elegido para dar el golpe. Son las siete y media de la mañana. Mariano, Francisco y Celedonio ya están reunidos en la plaza. La sucursal del banco está a unos cincuenta metros de distancia.

—Buenos días —saluda Mariano—. Ha llegado el momento, señores. Celedonio, ¿te ha explicado Francisco cuál es tu cometido?
—Sí señor.
—¿Alguna duda?
—Cristalino como el agua —asegura Celedonio—. Me coloco en una esquina del banco y si el campo está despejado, os hago una señal.
—Eso es. Bueno, pues solo falta que llegue Antonio. Espero que no se haya acobardado.
—Míralo, por ahí viene —señala Francisco.
—¡La madre que lo parió! —exclama Mariano—. ¿Pero de qué va vestido este?
—¡A los buenos días, señores! —saluda Antonio, ataviado con un chándal de colores chillones, dos tallas más grande de lo necesario.
—Joder, Antonio. ¿No había un chándal un poco más discreto?
—Qué quieres que haga, Mariano. Mi mujer ha dicho que no me compraba un chándal para usarlo solo una vez y me ha dado este de mi nieto.
—Ya veo, ya… Anda, ponte el pasamontañas.
—Trae aquí… ¡Ay, no veo nada! ¡Me he quedado ciego! ¡La diabetes!
—¡Pero qué diabetes ni qué leches, Antonio! —se enoja Mariano—. ¡Que te lo has puesto al revés, coño!
—¡Menos mal, qué susto! —exclama Antonio aliviado.
—Bueno, ya estamos todos listos. Una última cosa —advierte Mariano—. Desde este momento y hasta que el atraco termine, no utilizaremos nuestros nombres reales, sino que nos llamaremos por unos alias. Francisco será Kubala, Celedonio será Gento, Antonio será Puskas y yo Di Stéfano.
—¿Y eso para qué?
—Joder, Antonio. ¿Para qué va a ser? —brama Mariano—. Para que no nos identifiquen si nos llamamos unos a otros.
—Ah, pues yo no quiero ser Puskas. Prefiero Futre, que para eso soy del Atleti.
—Y yo tampoco quiero ser Kubala —declara Francisco—. Si tengo que ser del Barcelona, me gusta más Cruyff.
—Si se puede elegir, yo me pido Luis Aragonés. ¡Ese sí que era bueno! —dice Celedonio.
—¡Iros a tomar por saco los tres! —grita Mariano—. Llamaos como os salga de los cojones. ¡Venga, Francisco y Celedonio, cada uno a su sitio! Cuando levanten el cierre del banco, vigiláis bien la calle y si no viene nadie nos hacéis un gesto.
—¡Vamos para allá, Cele! —exclama Francisco, animoso.

Francisco y Celedonio cruzan la calle en dirección a la sucursal y se apuestan en sendas esquinas del edificio. Mariano y Antonio, con los rostros ocultos por los pasamontañas, esperan la señal al otro lado de la plaza.

Suena un chasquido y el cierre metálico que protege la puerta principal se levanta. Francisco comprueba que no se aproxima nadie por su esquina y levanta el pulgar.

—Vía libre por el lado de Francisco —dice Mariano en voz baja— ¿Dónde está Celedonio? No le veo…
—Se acaba de meter en la churrería —le indica Antonio señalando con la mano.
—¡Me cago en sus muertos! El que lo tenía “cristalino como el agua”… Bueno, a más tocamos a la hora de repartir el botín. ¡Vamos con ello, Antonio! A mi lado y en silencio.

EL GOLPE…

Ambos abuelos avanzan lo más rápido que pueden, que no es mucho, hacia el banco. Mariano sujeta su escopeta de caza con decisión. Antonio lleva en una mano una bolsa de plástico para meter el dinero y con la otra se agarra su compañero para mantener el equilibrio. Suben los dos escalones de acceso con cierta dificultad y abren la puerta.

—¡Quieto todo el mundo! —grita Mariano—. ¡Manos arriba, esto es un atraco!
—Pero Mariano, ¿qué hace? —pregunta sorprendida la mujer que está al otro lado del mostrador—. Ande, baje esa escopeta, a ver si se va a disparar y tenemos un disgusto. Y quítense esos pasamontañas, que les va a dar un soponcio de calor.
—Coño, Sagrario, ¿cómo nos has reconocido?
—Pues hombre, solo hay cuatro abuelos en el pueblo. Francisco lleva un rato en esa esquina y a Celedonio le he visto entrar en la churrería. Y con el paso al que han cruzado ustedes la calle, pues tenían que ser los dos que faltan.
—Hay que joderse, qué malo es esto de hacerse viejo. Oye, ¿y desde cuándo trabajas tú en el banco?
—¿En el banco? Pues sí que están buenos —se pitorrea Sagrario—. El banco ya no está aquí, han trasladado la oficina a otra calle aprovechando estos cuatro días de fiesta. Y como este local es de mis padres, me he animado a poner una panadería. Lo que pasa es que aún no han retirado el cartel de la fachada.
—Anda coño, ya decía yo que olía divinamente —dice Mariano—. Bueno pues lo siento mucho, hija, pero ya que estamos, te tengo que atracar. Dame todo lo que tengas en la caja.
—¿Pero qué voy a tener en la caja, si es el primer día y acabo de abrir? Ande, llévense una bolsa de madalenas y las prueban, que son de aceite de oliva. Invita la casa.
—Déjate, no tengo el cuerpo yo para madalenas. Hala, Antonio, vámonos.
—¿Ya puedo hablar? —pregunta el anciano quitándose el pasamontañas.
—¿Cómo que si ya puedes hablar?
—Como dijiste que sólo podías hablar tú durante el atraco…
—¡Qué atraco ni qué niño muerto! Si hemos hecho el gilipollas… Venga, vamos para fuera —le ordena Mariano.
—Espera, hombre, ya que estamos… Sagrario, haz el favor, dame una barra de pan, así no tengo que salir de casa otra vez. De las más tostaditas que tengas, hermosa.

FIN

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