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Ilustración de Javier Granados (Instagram @javiergranadoscenteno)

 

Al tío Julián, hermano del padre de Angelito, le iban a realizar una operación para quitarle unas bolsas muy grandes que le colgaban bajo los ojos. El hombre tenía pánico a que le sedasen y, por ese motivo, su familia más directa le acompañó a la clínica el día de la intervención.

—No te preocupes, Julián, que hoy en día estas cosas están muy controladas —le dijo el padre de Angelito para calmarle.
—Ya lo sé, hermano, es que no lo puedo evitar.
—Hay gente que no se ha vuelto a despertar de la anestesia —advirtió Angelito, que lo había escuchado en la radio.
—¡Me cago en tus muelas, niño! ¡No seas gafe! —bufó el tío Julián.
—Y algunos se han despertado pero se han quedado tontos…
—¡Y jode! ¡Anda, majo, vete a dar una vuelta por ahí!

En los pies de la cama donde estaba el tío Julián había un soporte que contenía su historia clínica. A Angelito se le ocurrió, como broma, intercambiar los papeles de su tío por los del paciente de la cama de al lado, que también esperaba para someterse a una intervención de cirugía estética. Poco después, un celador y un enfermero entraron en la habitación, ojearon las historias de ambos pacientes y se llevaron al tío Julián al quirófano.

Angelito y su familia se marcharon a la sala de espera. Al cabo de unas horas, les comunicaron que la cirugía había concluido satisfactoriamente y ya podían pasar a la habitación a visitar a su pariente.

El tío Julián estaba recostado en la cama, aún amodorrado por el efecto de la anestesia. Bajo sus ojos colgaban las mismas bolsas de siempre.

—¿Qué ha pasado, Julián? —preguntó el padre de Angelito—. ¿Por qué no te han operado?
—¿Cómo que no me han operado? —dijo el tío Julián llevándose las manos a la cara para palpar las bolsas—. ¡Anda, pues es verdad! Pero entonces…
—Eso que tienes ahí, ¿qué es? —preguntó la madre de Angelito señalando a su cuñado.

El tío Julián retiró la sábana que le cubría y miró hacia abajo. Su pecho estaba muy abultado y envuelto con un vendaje. Se incorporó como un resorte y comenzó a quitarse las vendas desesperadamente hasta que dejó el torso descubierto.

—¡El tío tiene tetas! —gritó Angelito justo antes de que su madre se desmayase.
—Pero Julián… ¿qué te has hecho? —preguntó el padre de Angelito a medio camino entre la sorpresa y la carcajada.
—¿Cómo que qué me he hecho? ¡Enfermera! ¡Enfermera!

Al momento se presentó un enfermero en la habitación.

—Pero bueno, ¿qué ocurre? ¿Por qué se ha quitado el vendaje?
—¿Cómo que qué ocurre? —gritó el tío Julián—. ¡Que me han puesto tetas, coño!
—Pues claro que le hemos puesto tetas —repuso el enfermero—. Para eso ha venido a la clínica.
—¡Pero si yo he venido a quitarme las bolsas de los ojos!

En ese instante el enfermero se puso blanco como la pared. Tomó la historia clínica que estaba en los pies de la cama y, con un hilo de voz temblorosa, preguntó:

—Pero… ¿no es usted José Ramón López, el paciente que venía para la cirugía de cambio de sexo?
—¡No, señor! Yo soy Julián. Julián Cañizares.
—Perdone… José Ramón soy yo —aclaró el compañero de habitación, que seguía atentamente los acontecimientos acostado en su cama.
—Entonces… me parece que nos hemos equivo… ¡ay, qué malito me estoy poniendo…! —dijo el enfermero antes de desmayarse y caer al suelo junto a la madre de Angelito, que seguía desvanecida.
—¡Otro que se desmaya, vaya tarde llevamos! —exclamó José Ramón.
—Oye Julián —interrumpió el padre de Angelito—, ¿no te habrán cortado la…

El tío Julián se puso pálido y se llevó ambas manos a la entrepierna.

—¡No! ¡La tengo aquí, la tengo aquí! —exclamó aliviado.
—Pues mira, no te quejes, que te han puesto un par de tetas bien bonitas.
—¡No te rías, hermano, joder! ¡El médico! ¡Que venga el médico!

El cirujano entró en la habitación y se encontró al enfermero y a la madre de Angelito tirados en el suelo y al tío Julián con sus nuevos pechos al aire y un cabreo monumental.

—¿Se puede saber qué está pasando aquí? —preguntó el doctor.
—¿Cómo que qué está pasando? —contestó el tío Julián—. ¡Que se han confundido con los papeles y me han puesto las tetas de ese señor!
—¡Oiga, yo quiero mis tetas! —reclamó José Ramón.

El cirujano leyó la historia clínica de ambos pacientes intentando mantener la compostura. Cuando concluyó, respiró hondo y ofreció una solución.

—Le pido disculpas, no entiendo cómo ha podido ocurrir. Ahora mismo le llevamos al quirófano, le retiramos los implantes y asunto resuelto.
—¡De eso nada! ¡A mí no me vuelven a dormir! —advirtió el tío Julián.
—Vamos a ver, Julián —dijo el cirujano—. La cirugía para retirarle los implantes no se puede realizar sin anestesia. Eso no admite discusión.
—¡Pues me quedo con las tetas y con las bolsas, pero a mí no me duermen otra vez!
—¡Pero Julián —exclamó el padre de Angelito—, cómo te vas a quedar con eso puesto ahí! ¡Tendrán que quitártelo!
—¡Que no! ¡Que a mí ya no me opera ni San Pedro! ¡Hala, vámonos!

No hubo manera de convencer al tío Julián de que volviese a pasar por el quirófano, así que se marchó a su casa con los implantes mamarios y se los quedó para siempre. Cada vez que iba a visitar a la familia, el padre de Angelito le decía:

—Anda, Julián, déjame tocarte un rato los pechos, que tu cuñada me tiene a dos velas.
—Vete a tomar por saco un poquito, hermano —solía contestar el tío.

Angelito no se atrevió a confesar que fue él quien intercambió las historias clínicas por si acaso el tío Julián se enfadaba, aunque a él no le parecía algo tan grave. Ahora podía presumir de ser el único de su clase que tenía un tío con tetas.

FIN

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https://www.safecreative.org/work/1911282573757-ad-la-cirugia-estetica